Mireya Guzman
January 5, 1951 - August 12, 2026

Visitation / Velatorio
Friday August 17th, 2026 / Viernes 17 de Agosto, 2026
7:00pm - 10:00pm
Landmark Funeral Home
Burial / El Sepelio
Saturday August 15th, 2026 / Sabado 15 de Agosto, 2026
1:00pm
Hollywood Memorial Gardens
Reseña de vida
En memoria de Mireya Guzman
Hoy nos reunimos para despedir a una mujer muy especial. Una mujer que dejó huellas
profundas en cada persona que tuvo la dicha de conocerla y, especialmente, en su
familia.
El 5 de enero de 1951, en Tomé, Chile, nació una niña alegre, llena de energía y con un
espíritu libre que la acompañaría durante toda su vida.
Desde pequeña fue una niña deportista y apasionada. A los 12 años fue campeona de
básquetbol, demostrando desde muy temprana edad su fuerza, su perseverancia y ese
carácter alegre que siempre la distinguió.
Fue una mujer a la que le gustaba vivir. Le encantaba bailar, compartir, reír y, sobre
todo, sonreír. Su alegría era parte de su esencia. Era de esas personas que disfrutaban
de las cosas sencillas de la vida y que encontraban felicidad estando junto a quienes
amaba.
Fue una hija profundamente amorosa. Amó siempre a su madre, María Hubertina
Pincheira Silva, a quien llevó en su corazón durante toda su vida, y a su padre, Miguel
del Carmen Guzmán Venega. El amor por sus padres fue parte importante de su historia
y de los recuerdos que llevó consigo durante toda su vida.
Fue madre por primera vez de Miguel Ángel, su hijo amado. Más adelante formó su
familia junto a Ángel Quiróz, con quien tuvo tres hijos: Gerardo, Ana María y Ángel,
quienes fueron también hijos profundamente amados y una parte fundamental de su
vida.
Para ella, ser madre significaba estar presente. Estar en los momentos importantes,
acompañar, ayudar, preocuparse y entregar amor. Le encantaba participar en la vida de
sus hijos y siempre buscaba la manera de compartir, de ayudar y de estar cerca.
Fue una mujer entregada a su familia. Y ese amor también lo extendió a sus hermanos,
a sus amistades y a sus nueras. Fue también una tía muy querida, siempre cercana y
cariñosa con sus sobrinos, dejando en ellos recuerdos y momentos que permanecerán
para siempre. Quiso profundamente a sus nueras, a quienes recibió y quiso como parte
de su propia familia, entregándoles cariño, preocupación y un lugar especial en su
corazón. Siempre tuvo un corazón generoso, dispuesto a ayudar y a entregar cariño a
quienes formaban parte de su vida.
También tenía una manera muy especial de demostrar su amor: cocinando para los
demás. Le encantaba preparar sus deliciosas tortas para familiares y amigos. Hacer
tortas la hacía feliz, y disfrutaba ver a los demás disfrutar de aquello que había
preparado con tanto cariño. También eran muy especiales sus deliciosas empanadas,
hechas siempre con ese toque de amor que ponía en todo lo que hacía. Para ella,
cocinar no era solamente preparar comida; era una forma de entregar amor, compartir
y hacer felices a quienes la rodeaban.
Pero su amor más grande continuó creciendo con la llegada de sus nietos. Fue una
abuela presente, cariñosa y entregada. Ayudó a sus hijos a criar a sus nietos y disfrutó
cada momento junto a ellos. Los amó con todo su corazón, y ellos siempre ocuparon un
lugar muy especial en su vida.
También tenía un amor especial por el mar. Le gustaba ir a la costa, mariscar, disfrutar
de la naturaleza y de esos momentos sencillos que para ella significaban felicidad. Le
gustaba vivir, compartir y disfrutar de cada oportunidad que la vida le regalaba.
Y, por sobre todas las cosas, fue una mujer de fe. Fue aprobada y re-aprobada en su
caminar con el Señor. Dios mismo le dio testimonio y confirmó en su corazón que ese
era el camino que debía seguir. Ella le entregó su vida a Dios por medio de sus
oraciones, sus cánticos y su deseo constante de aprender de Su Palabra.
Su fe no fue solamente algo que decía, sino algo que vivió. Buscó conocer cada día más
a Dios, permanecer cerca de Él y enseñarles también a sus hijos, nietos y a quienes la
rodeaban el camino de la fe. Su vida fue un testimonio de su amor y confianza en Dios,
y ese legado espiritual permanecerá en su familia para siempre.
Hoy la vida nos pone frente a uno de los momentos más difíciles: despedirla. Y duele.
Duele porque cuando se ama de verdad, nunca se está preparado para decir adiós. Pero
también queremos recordar todo lo hermoso que nos dejó.
Recordar a aquella niña alegre de Tomé. A la campeona de básquetbol. A la mujer que
disfrutaba bailar y sonreír. A la hija que amó profundamente a sus padres. A la madre
que estuvo siempre para sus hijos. A la mujer que quiso con todo su corazón a sus
nueras. A la abuela que amó con todo su corazón a sus nietos. A la tía querida,
hermana, amiga y compañera que entregó cariño a quienes la rodeaban. A la mujer que
amaba el mar, mariscar y disfrutar de la vida. A la mujer que encontraba felicidad
haciendo sus tortas y preparando sus deliciosas empanadas para compartir con los
demás. Y, por sobre todo, a la mujer de fe que siempre confió en Dios.
Hoy no solamente despedimos a una madre, a una abuela, a una hermana, a una
suegra, a una tía o a una amiga. Despedimos a una mujer que fue parte fundamental de
nuestras vidas.
Una mujer que dejó recuerdos que nadie podrá borrar. Porque una persona nunca se va
completamente cuando deja amor. Y ella dejó muchísimo amor.
Su voz, sus gestos, sus historias, sus sonrisas, sus consejos, sus tortas, sus empanadas
y tantos momentos compartidos quedarán para siempre en la memoria de quienes la
amamos.
Queremos también expresar nuestro más profundo agradecimiento a todos los pastores
de las diferentes iglesias y a cada hermano y hermana en la fe que acompañaron a
nuestra madre, Mireya, y a nuestra familia con sus oraciones.
Gracias por cada oración, por cada palabra de aliento, por cada muestra de amor y por
haberla tenido presente delante del Señor. En estos momentos tan difíciles, saber que
tantas personas estaban orando por nuestra madre y por nuestra familia fue un
consuelo inmenso.
Gracias desde lo más profundo de nuestros corazones. Que Dios bendiga grandemente
a cada uno de ustedes y les devuelva en bendiciones todo el amor y las oraciones que
nos brindaron.
Y hoy, al despedirla, nos consuela pensar que vuelve a encontrarse con Dios, con su
madre María Hubertina Pincheira Silva y con su padre Miguel del Carmen Guzmán
Venega, a quienes amó y llevó siempre en su corazón.
Mamá:
Gracias por tu vida.
Gracias por habernos amado de la manera que sabías hacerlo.
Gracias por estar, por ayudar, por acompañarnos y por enseñarnos, con tu propia vida,
el valor de la familia.
Gracias por cada sonrisa, por cada abrazo, por cada conversación y por cada recuerdo
que hoy guardamos como un tesoro.
Gracias por haber sido nuestra mamá.
Hoy te entregamos en las manos de Dios, en quien siempre creíste y a quien amaste
por sobre todas las cosas. Y aunque nuestro corazón hoy esté lleno de tristeza,
queremos que tu despedida también esté llena de gratitud.
Gratitud por haberte tenido. Gratitud por haberte amado. Y gratitud porque tuvimos la
bendición de compartir parte de nuestro camino contigo.
Descansa en paz, mamá.
Que Dios te reciba en sus brazos, que te dé la paz y el descanso que mereces, y que su
amor te acompañe eternamente.
Nosotros seguiremos aquí, llevando tu recuerdo, tu amor y todo lo que nos enseñaste.
Y mientras exista alguien que te recuerde, mientras alguien pronuncie tu nombre y
mientras vivamos quienes te amamos, una parte de ti seguirá con nosotros.
Te vamos a extrañar toda la vida.
Te vamos a amar toda la vida.
Y nunca, nunca te vamos a olvidar.
Descansa en paz, mamá.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
















